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El lipedema no un simple problema de acumulación grasa. La ciencia demuestra que se trata de un trastorno del tejido adiposo con un comportamiento biológico anómalo.
Por ello, el lipedema es capaz de generar dolor, inflamación crónica, alteraciones funcionales y, además, impacto emocional. Y puede aumentar desproporcionadamente el volumen corporal.
Asimismo, en cuanto la enfermedad avanza, el tejido adquiere una textura irregular por la fibrosis progresiva, dificultando la movilidad y añadiendo rigidez.
El lipedema es una patología crónica que afecta casi exclusivamente a mujeres, y que se caracteriza por una proliferación desordenada del tejido adiposo en piernas, glúteos y, en algunos casos, brazos. No responde a dietas, no desaparece con ejercicio y no guarda una relación proporcional con el peso corporal general.
La explicación está en la fisiopatología del tejido adiposo, es decir, de la grasa. En condiciones normales, los adipocitos aumentan o disminuyen su tamaño en función del balance energético. En el lipedema, en cambio, estas células se multiplican y son disfuncionales, inflamándose sin un estímulo claro y generando un microambiente que altera la estructura del tejido que las rodea.
A esto se suma un componente vascular: se acaba acumulando el denominado líquido intersticial, lo que contribuye a esa sensación de “pesadez” tan característica. Por último, también hay que tener en cuenta que el lipedema se puede activar en momentos hormonales críticos como la pubertad, el embarazo o la perimenopausia.
Las piernas suelen sentirse pesadas, tensas o doloridas, y aún más tras largas horas de pie. Muchas pacientes describen pinchazos, presión interna o sensibilidad extrema al tacto, incluso en fases iniciales.
La facilidad para generar hematomas sin un golpe evidente es otro de los signos que acompañan a esta fragilidad vascular. Pero más allá del plano físico, existe un impacto evidente sobre la autoestima: la falta de respuesta ante dieta o ejercicio genera frustración y una sensación semejante a la de “culpa» (injustificada).
Hoy en día no existe evidencia de que el lipedema pueda prevenirse por completo, ya que hablamos de una afección con fuerte base genética y modulada por hormonas. Sin embargo, sí sabemos que ciertos factores pueden retrasar su progresión o atenuar los síntomas.
Mantener un peso saludable ayuda, no porque el lipedema dependa directamente de los kilos, sino porque la obesidad asociada puede empeorar la inflamación sistémica. La actividad física regular —especialmente ejercicios de bajo impacto como natación, bicicleta estática o caminatas— favorece la circulación linfática y capilar. Del mismo modo, el control del estrés y hábitos alimentarios que reduzcan la inflamación (ricas en omega-3, abundantes vegetales, baja carga glucémica) pueden mejorar el bienestar general del tejido adiposo.
Además, en cuanto al cuidado, puedes realizarte estos tratamientos:
Aun así, es importante subrayar: ninguna medida modifica el comportamiento biológico de los adipocitos del lipedema. Sí mejora el confort, reduce el dolor y ralentiza los cambios.
En fases avanzadas, o cuando los síntomas afectan demasiado al contorno corporal y/o a la calidad de vida, la cirugía se convierte en una herramienta terapéutica, no meramente estética. La liposucción asociada al tratamiento del lipedema puede reducir el volumen anómalo de tejido adiposo sin dañar estructuras críticas.
El objetivo es restaurar las formas, la movilidad, disminuir el dolor, mejorar la biomecánica de la marcha y frenar la progresión hacia la fibrotización avanzada. No es una solución, por tanto, de «estética rápida». Se extrae la grasa enferma con precisión, respetando vasos linfáticos y estructuras de soporte.
El lipedema grave, en consecuencia, no tiene por qué definir tu cuerpo. Cuando el dolor y la hinchazón tiene un nombre, también puede tener un camino, en este caso la liposucción. Dicha intervención, en la problemática del lipedema, se convierte en un auténtico proceso de recuperación y alivio.
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