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Las mamas femeninas no tienen una estructura estática. Desde el punto de vista biomecánico, se trata de un conjunto dinámico de tejidos que responden de forma constante a fuerzas físicas como el peso, la gravedad y el movimiento.
Comprender cómo funciona esta arquitectura natural permite entender por qué el pecho cambia con el tiempo y qué factores influyen realmente en su forma, más allá de la edad o del tamaño.
El pecho está formado principalmente por tejido glandular, tejido graso y una envoltura cutánea que actúa como soporte externo. A diferencia de otras zonas del cuerpo, no cuenta con músculos propios que lo sostengan directamente. Su estabilidad depende de una combinación de ligamentos internos —especialmente los ligamentos de Cooper—, la calidad de la piel y la distribución del tejido adiposo.
Desde el punto de vista biomecánico, funciona como una masa suspendida. Esta condición hace que esté especialmente expuesto a fuerzas de tracción continuas, incluso en reposo. Cada pequeño desplazamiento corporal genera microtensiones que, acumuladas con el tiempo, influyen en su comportamiento estructural.
A mayor volumen en las mamas, mayor carga mecánica soportan la piel y los ligamentos. Y el tejido graso, por su parte, predominante en muchos tipos de pecho, tiene una baja capacidad de resistencia estructural. En esos casos, el soporte depende casi por completo de la piel y de los ligamentos internos. Ahora bien, con el paso del tiempo, estos elementos pueden perder capacidad de recuperación.
La gravedad actúa de forma constante desde el nacimiento, pero sus efectos se hacen más visibles cuando los mecanismos de soporte comienzan a ceder. A nivel biomecánico, la gravedad genera una fuerza de tracción vertical que estira progresivamente los tejidos de suspensión.
Este proceso no ocurre de forma homogénea. La piel del polo inferior del pecho suele ser la primera en experimentar pérdida de elasticidad, ya que soporta mayor tensión continua. A medida que esta zona cede, la distribución del peso cambia, alterando el equilibrio global de la mama.
La piel de los senos, lejos de ser simplemente una envoltura estética, funciona como un auténtico elemento estructural. Su capacidad para resistir y recuperar la forma depende en gran medida de la calidad del colágeno y la elastina. Cuando la piel pierde firmeza, la carga mecánica se redistribuye hacia los ligamentos internos, acelerando su fatiga.
Cada movimiento del cuerpo genera oscilaciones en el pecho. Caminar, correr o incluso gesticular produce fuerzas de aceleración y desaceleración que multiplican momentáneamente el peso efectivo de la mama. Este microestrés repetido contribuye al desgaste progresivo de los sistemas de soporte.
Desde un punto de vista biomecánico, las mamas de la mujer están sometidas a ciclos constantes de carga y descarga. Cuando la capacidad de recuperación de los tejidos disminuye, estos ciclos dejan una huella acumulativa que se traduce en cambios visibles de posición y forma.
Las hormonas influyen directamente en la composición del pecho. Variaciones en estrógenos y progesterona modifican la proporción entre tejido glandular y graso, así como la hidratación y elasticidad de la piel. Estos cambios alteran el comportamiento mecánico global del busto, haciéndolo más o menos resistente a las fuerzas externas.
Durante determinadas etapas de la vida, el tejido mamario puede volverse más pesado o más laxo, lo que modifica el equilibrio entre carga y soporte. Desde la biomecánica, estos periodos son especialmente relevantes porque marcan puntos de inflexión en la evolución estructural del pecho.
La combinación de peso, gravedad y pérdida progresiva de elasticidad puede llevar a una situación en la que el soporte natural deja de ser suficiente para mantener la posición original del conjunto mamario. Este fenómeno, conocido médicamente como ptosis mamaria, es el resultado lógico de años de adaptación biomecánica.
En estos casos, se necesita redistribuir las cargas y devolver al pecho una posición más acorde con su estructura interna. La cirugía de elevación de mamas se plantea entonces como una intervención que actúa precisamente sobre estos principios biomecánicos: reorganizar tejidos, ajustar el exceso cutáneo y restablecer un equilibrio más favorable entre peso y soporte.
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