Párpados y bolsas: protecciones que se alteran (y se nota mucho)

Cuando hablamos de párpados caídos o bolsas prominentes, solemos agrupar ambas cosas bajo una misma etiqueta estética: el envejecimiento. Sin embargo, desde el punto de vista anatómico, no se producen por la misma causa.

El párpado superior puede descender por varios mecanismos. El más frecuente no es un “exceso de piel” aislado, sino una combinación de factores estructurales: pérdida de firmeza cutánea, cambios en el soporte muscular y distensión del septo orbitario -membrana que se extiende desde los bordes orbitales hasta los párpados-.

En el caso de las bolsas inferiores, la mecánica es distinta. En la órbita ocular existen almohadillas que tienen una función de protección, y cuando estas pierden tensión (por cambios estructurales progresivos), la grasa que contienen puede protruir ligeramente hacia delante.

Parpadeamos entre 15.000 y 20.000 veces al día

La piel del párpado es extremadamente fina y está sometida a movimiento constante —parpadeamos entre 15.000 y 20.000 veces al día—. Con el tiempo, las fibras de colágeno y elastina que aportan resistencia mecánica se reorganizan y pierden capacidad de sostén.

Cuando esto ocurre, la piel comienza a plegarse sobre sí misma con mayor facilidad. Si a ello se añade una ligera relajación del músculo elevador o del sistema fascial que actúa como “andamiaje” interno, el resultado visible es un párpado que parece más pesado o descendido.

Las bolsas: hasta tres componentes combinados

Como avanzábamos antes, en esta zona existen compartimentos grasos cuya función es amortiguar y proteger el globo ocular. Estas «almohadillas» están contenidas por la membrana fibrosa llamada septo orbitario. Cuando esa estructura pierde tensión —por cambios estructurales progresivos—, la grasa puede sobresalir y crear bolsas.

Sin embargo, no se trata necesariamente de que haya “más grasa”, sino de que el sistema que la mantiene en su posición original se vuelve menos firme. A esto puede sumarse retención transitoria de líquidos o alteraciones en el drenaje linfático, que incrementan la sensación de volumen en determinados momentos del día.

Por tanto, las bolsas pueden tener tres componentes combinados:

  • Protrusión grasa
  • Laxitud cutánea
  • Edema intermitente.

Estimular el tejido para mejorar estos cambios

Cuando el componente predominante es la laxitud cutánea leve o moderada —es decir, cuando existe pérdida de firmeza más que un exceso severo de tejido— pueden plantearse tratamientos que actúan sobre la calidad de la piel.

El láser CO₂ fraccionado es una de las tecnologías médicas que se utilizan en estos casos. Su mecanismo se basa en la emisión de una longitud de onda altamente absorbida por el agua presente en los tejidos. Esto permite generar microimpactos térmicos controlados en la dermis, sin afectar de forma homogénea toda la superficie.

Estas microcolumnas térmicas desencadenan una respuesta biológica reparativa: activación de fibroblastos, síntesis de nuevo colágeno y reorganización de fibras existentes. El objetivo no es “rellenar” ni desplazar grasa, sino mejorar la resistencia y densidad del tejido cutáneo que recubre la zona:

  • En el párpado superior, cuando el descenso es leve y existe principalmente flacidez cutánea, la estimulación dérmica puede contribuir a una mayor firmeza y retracción controlada del tejido.
  • En el área de las bolsas, puede mejorar la textura y tensado superficial cuando el componente dominante es la laxitud más que la protrusión grasa marcada.

Peculiaridades del tratamiento con láser CO₂

Es importante subrayar que el láser CO₂ no sustituye a una blefaroplastia quirúrgica cuando existe exceso significativo de piel o herniación grasa importante. Por eso la indicación siempre requiere valoración médica individualizada.

Los efectos del tratamiento no son inmediatos en su totalidad. Tras la fase inicial de recuperación, el proceso de remodelación dérmica continúa durante semanas, ya que la síntesis de colágeno es progresiva. El resultado final depende de factores como el espesor cutáneo, el grado de laxitud inicial y la respuesta biológica individual.

Si estás valorando mejorar esta zona, el primer paso no es elegir un tratamiento, sino realizar un diagnóstico preciso de qué está ocurriendo en tu estructura periocular. A partir de ahí, se puede plantear una intervención proporcionada y coherente con la anatomía de cada paciente.