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La piel que rodea los ojos es la más fina del cuerpo, prácticamente carece de grasa subcutánea y está sometida a un movimiento constante. Parpadear, sonreír, fruncir el ceño o expresar sorpresa supone miles de microcontracciones diarias que, con los años, dejan una huella visible.
A este desgaste mecánico se suman procesos biológicos profundos: pérdida progresiva de colágeno y elastina, alteraciones en la microcirculación, redistribución de la grasa y debilitamiento de los tejidos de soporte.
Te ayudamos antender qué cambia, por qué cambia y cómo evoluciona.
Las arrugas laterales de los ojos, conocidas como patas de gallo, son consecuencia directa de la acción repetida del músculo orbicular. A nivel microscópico, se produce una fragmentación de las fibras de colágeno y una disminución de la elasticidad dérmica. La piel deja de “volver a su sitio” tras cada contracción y comienza a plegarse de forma permanente, convirtiendo un gesto natural en una marca estable.
En una primera etapa son dinámicas, visibles solo al sonreír, pero con el tiempo la piel pierde capacidad de recuperación y estas líneas se fijan incluso en reposo.
La caída del párpado superior no se explica únicamente por el exceso de piel. En la mayoría de los casos intervienen varios factores simultáneos: laxitud cutánea, descenso de la ceja, debilitamiento muscular y protrusión de pequeños compartimentos grasos.
Con el envejecimiento, las estructuras que mantienen el párpado en su posición anatómica pierden tensión. La gravedad actúa de forma constante y el resultado es una mirada más pesada, apagada y, en algunos casos, una limitación real del campo visual, más allá del componente estético.
Las ojeras no tienen una única causa, y por eso tampoco existe una única solución. En algunos casos predominan los cambios de pigmentación; en otros, la visibilidad de los vasos sanguíneos a través de una piel extremadamente fina. También puede existir un hundimiento por pérdida de grasa o, por el contrario, un abombamiento causado por el desplazamiento de la grasa orbitaria.
Estos cambios se relacionan con la microcirculación, la calidad de la piel, la estructura ósea subyacente y factores genéticos. Dos personas de la misma edad pueden presentar ojeras completamente distintas, tanto en su origen como en su evolución.
Las bolsas palpebrales se producen, en la mayoría de los casos, por la protrusión de la grasa que rodea el globo ocular. Con el paso del tiempo, el tabique que la contiene se debilita, permitiendo que esta grasa se desplace hacia adelante.
No siempre están relacionadas con retención de líquidos ni con hábitos puntuales. En muchos casos responden a una alteración estructural progresiva, que se hace más evidente por la mañana pero que permanece de forma constante.
La frente y el entrecejo envejecen por un mecanismo similar al de las patas de gallo, pero con una carga funcional y emocional añadida. El músculo frontal y los corrugadores se activan de forma inconsciente ante el estrés, la concentración o la luz intensa.
Con el tiempo, estas contracciones repetidas generan surcos profundos que transmiten una expresión de preocupación o cansancio, incluso cuando el rostro está relajado. Aquí, el envejecimiento no es solo cutáneo, sino también muscular y neurológico.
El abordaje actual del envejecimiento periocular no se basa en una única técnica, sino en identificar qué estructura está envejeciendo en cada caso.
Las arrugas de expresión, como patas de gallo, frente y entrecejo, suelen tratarse mediante procedimientos que modulan la contracción muscular, reuromoduladores, a menudo combinados con tecnologías láser que estimulan la producción de colágeno y suavizan las líneas ya establecidas.
Los párpados caídos y las bolsas, cuando tienen un componente estructural marcado, encuentran su solución más eficaz en la cirugía de blefaroplastia, que permite retirar o redistribuir piel y grasa respetando la anatomía natural de la mirada. No obstante, el láser médico ha ampliado de forma notable las opciones no quirúrgicas, especialmente en pieles finas, mejorando textura, firmeza y luminosidad sin alterar la expresión facial.
Las ojeras requieren un enfoque especialmente personalizado: rellenos de ácido hialurónico cuando existe hundimiento, láser cuando predomina el componente cutáneo o vascular, y tratamientos combinados cuando coexisten varios factores.
Bajo la piel que rodea los ojos se esconde una arquitectura biológica extremadamente precisa. El área periocular está formada por una compleja superposición de músculos finos, compartimentos grasos, ligamentos de soporte y una red vascular muy superficial, todo ello diseñado para permitir movilidad constante con el mínimo espesor posible. Esta configuración, funcionalmente brillante, tiene una consecuencia clara: cualquier alteración estructural se vuelve visible antes que en otras zonas del rostro. Además, la circulación sanguínea y linfática en esta región es especialmente sensible a los cambios hormonales, al descanso y al envejecimiento del tejido conectivo.
Esta zona está diseñada para proteger el ojo, facilitar su movilidad constante y responder con rapidez a estímulos externos, lo que explica su desgaste natural debido a su elevada sensibilidad y a su capacidad de adaptación a cambios funcionales y ambientales.
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