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Durante años se nos ha hecho creer que las arrugas son prácticamente el único reflejo del envejecimiento. Y que el sol es el principal enemigo, junto al tabaco.
Sin embargo, quien observa con atención puede ver que hay mucho más en la ecuación, y que no siempre son las líneas las que delatan el paso del tiempo, sino algo más sutil: la pérdida de vitalidad.
Esa «energía» que antes hacía que la piel se iluminara, que el rostro se moviera con naturalidad, que la expresión mantuviera una serenidad viva, va desaparece, el rostro cambia, aunque las arrugas sigan siendo las mismas.
Más allá de los signos visibles —flacidez, manchas, líneas— existe un envejecimiento silencioso que altera el equilibrio interno de la piel. La piel deja de oxigenarse con la misma eficacia, el metabolismo celular se vuelve más lento y las fibras que antes mantenían la tensión natural pierden tono.
Lo que antes era renovación constante se convierte en un ciclo más pausado. Y, poco a poco, la superficie refleja ese cansancio interior.
Este proceso invisible no se mide por años, sino por el ritmo de vida, es decir, por la forma en que el cuerpo reacciona al estrés, al sueño interrumpido, a los cambios hormonales, a la exposición continua a pantallas o a la contaminación urbana. Estos factores no siempre se ven de inmediato, pero roban a la piel su capacidad de respuesta, su brillo y su movimiento.
Hay días en los que el espejo no devuelve una piel envejecida, sino una piel cansada. No es lo mismo. El cansancio cutáneo es el resultado de pequeñas agresiones diarias: tensión muscular, falta de descanso profundo, respiración superficial, déficit de oxigenación celular.
El rostro acumula microtensiones en zonas como el entrecejo, la mandíbula o el contorno de ojos, generando rigidez y un aspecto más opaco. La expresión pierde suavidad y el gesto parece más duro, incluso cuando no se está enfadado ni triste.
Con el tiempo, esa tensión mantenida se traduce en microcontracciones crónicas que impiden que la piel respire y se regenere con su ritmo natural. La consecuencia no son solo arrugas, sinopérdida de luz, de elasticidad y de calma.
Una piel joven no se define por su ausencia de arrugas, sino por su capacidad de reflejar la luz. Cuando la piel está equilibrada y bien oxigenada, la refleja de manera uniforme; cuando está tensa, apagada o saturada de toxinas, la luz se dispersa y el tono se vuelve mate. Por eso hay rostros maduros con una luminosidad radiante y rostros jóvenes que ya parecen fatigados.
Esa luminosidad depende de múltiples aspectos: hidratación profunda, ritmo circadiano regular, buena microcirculación y descanso reparador, sobre todo. Dormir bien, respirar de forma consciente, cuidar la alimentación y evitar los picos de estrés no solo son hábitos saludables: también constituyen la fórmula cosmética» más eficaz.
El envejecimiento no es solo un fenómeno biológico; también es emocional. El rostro refleja la forma en que vivimos, lo que callamos, lo que nos preocupa. El cuerpo puede adaptarse, pero el rostro siempre habla.
La piel es un órgano sensorial que recibe y transmite señales del sistema nervioso. Cuando hay tensión emocional, se altera la microcirculación; cuando hay serenidad, la piel se oxigena mejor. Por ello, una piel vital es también una piel que se siente en paz, que ha aprendido a relajarse, a respirar, a no estar siempre en modo alerta.
Hoy se sabe que la piel tiene su propio “reloj circadiano cutáneo”, un sistema interno que regula la renovación celular cada 24 horas. Pero, a causa de todas las alteraciones de nuestra vida, ese reloj se desajusta, y las células ya no se regeneran por la noche como deberían, acumulándose el daño oxidativo.
La consecuencia no es inmediata, pero sí profunda: la piel pierde su sincronía. Y ese desajuste es, según estudios recientes de la Universidad de Harvard, uno de los principales aceleradores del envejecimiento visible, incluso más que la exposición solar, como señalábamos al comienzo de este post.
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