CLÍNICA NÉLIDA GRANDE - SABADELL
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Es curioso cómo un cuerpo puede convivir años con una característica corporal sin que este suponga un problema. O el complejo puede existir pero como un eco, sin ocupar el centro de la atención. Y, de repente, a los 30, 40 o una edad mayor, se ve como un defecto y ocupa un espacio enorme en la mente. Esto sucede porque el cerebro ha cambiado la forma de «leerlo» y de situarlo en la propia historia vital.
Muchas personas con orejas de soplillo o rasgos atípicos aprenden a aceptarlos y, finalmente, a minimizarlos; a sonreír con la boca cerrada, a peinarse de forma que oculten el detalle o a usar gorras, gafas u otros recursos.
Sin embargo, cuando se llega a la edad adulta, la vida ofrece unas nuevas gafas para ver el cuerpo: videollamadas, fotos grupales, selfies, redes sociales, reuniones de trabajo, encuentros con antiguos conocidos… En ese escenario, un rasgo que parecía difuminado, en vez de ser definitivamente minimizado, puede volver a la superficie con una nitidez diferente. Esa experiencia (complejo tardío) no suele ser fruto de un cambio físico brusco. El motivo tiende más hacia una reconfiguración psicológica de la propia imagen corporal.
La psicología moderna describe los complejos como la percepción distorsionada de un rasgo, combinada con pensamientos negativos y una alta carga emocional. En muchos casos, el complejo no surge -como tal- en la edad adulta, sino que se activa ahí, después de permanecer tiempo en un segundo plano.
A veces, el entorno intenta banalizarlo (“no pasa nada”, “a ti te queda bien”), pero la sensación interna puede ser distinta: esa parte del cuerpo se siente como un contraste entre uno mismo y lo que se considera normal.
Además, la adultez trae un nivel de conciencia más alto: la persona ya no es un niño ni un adolescente impulsivo; es alguien que se observa a sí mismo, se cuestiona y se formula preguntas sobre quién es, cómo se ve y cómo cree que le ven los demás.
Otro factor, esencial aquí, es que la vida adulta puede aparecer este dilema: “¿sigo conviviendo con este rasgo, como lo he hecho años, o aprovecho ahora que tengo margen para cambiarlo?”. Ese margen se traduce en autonomía y en disponer de un sueldo y/o ahorros, en muchos casos.
En habitual que las orejas de soplillo se hayan operado en la infancia, cuando los padres deciden intervenir para evitar posibles burlas o incomodidades emocionales. En otros, esa decisión no se toma, sea cual sea el motivo. La diferencia fundamental, una vez pasados 20 o 30 años, radica en la intención: cuando una persona adulta decide operarse, no es un “deber traumático”. Por el contrario, es una elección sobre cómo quiere sentirse en su propio cuerpo.
La otoplastia, o cirugía de orejas, consiste en reposicionarlas -más pegadas hacia la cabeza-, corregir malformaciones, reducir su tamaño o mejorar la simetría. La intervención, cuando se plantea por un complejo, no responde únicamente a un criterio estético; también a un deseo de equilibrio emocional. Se trata de reducir la energía que ese detalle consume mentalmente y liberar espacio para una imagen más coherente con la versión adulta que uno quiere proyectar.
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